Micropoder



Discurso para la entrega del Premio “PRIMERA ENMIENDA” a Pedro J. Ramírez.

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Habéis acudido convocados por la Asociación de Fellows en España que tengo el gran honor de presidir. El objetivo de esta joven asociación es continuar poniendo en valor toda la formación y experiencias proporcionadas a cada uno de sus miembros por la Fundación Eisenhower Fellowships. Como muchos conocéis, la fundación, tiene como fin promover y reconocer la labor del Presidente norteamericano en la defensa y promoción de la paz mundial mediante la promoción de los lazos entre Estados Unidos y el resto de países del mundo. Por este motivo, dirige sus principales esfuerzos a la formación de líderes empresariales y políticos en todo el mundo mediante un cuidadoso y cualificado programa de becas. Los beneficiados por ese programa pasan a formar parte de la amplia comunidad de fellowships repartida por todo el mundo.

 

Los fellowship españoles pensamos que, un buen modo de potenciar el espíritu de la Fundación su era la creación de un premio anual que destacara los valores democráticos de las sociedades libres. La libertad era fundamental para un presidente que había dirigido antes el mayor ejército conocido contra la peor lacra que ha conocido la Humanidad. Él dijo una vez que “la historia de los hombres libres nunca fue escrita por casualidad sino por elección; ¡su elección!”.

 Hoy en día, gracias entre otros a líderes como Eisenhower, la principal amenaza contra la democracia no es el totalitarismo nazi ni estalinista. Me atrevería a decir que ni siquiera lo es el terrorismo global islamista. Hoy la principal amenaza contra la democracia es utilizarla contra sus propios ciudadanos al privarles de libertad de expresión. La historia nos ha enseñado que los procedimientos democráticos pueden ser imitados por regímenes autoritarios con sólo prescindir de un elemento: la libertad de expresión y su correlato público, que es la libertad de prensa. Allí donde no hay libertad de prensa se podrá decir que hay democracia formal, pero no existe democracia material, real.  

La importancia decisiva de la libertad de prensa es otro de los legados que debemos agradecer a esta primera democracia moderna que son los Estados Unidos de América. No por casualidad contó entre sus padres fundadores a pioneros del periodismo como Benjamin Franklin o Thomas Paine.

El premio que hoy entregamos, en su primera edición, quiere ser precisamente eso; un reconocimiento a quienes se han destacado en la lucha y defensa de la libertad de información. Por ello hemos querido dar a este premio el significativo nombre de “Primera Enmienda”.

La prensa libre, destacan siempre y acertadamente los expertos en derecho constitucional, es el antiséptico esencial de las democracias. “Su ausencia —cito al profesor español Rodríguez-Zapata— hace progresar la infección del despotismo y la corrupción que acaba gangrenando el cuerpo social”.

En 1791 el congreso norteamericano promulgó la primera enmienda que abre el Bill of Rights de la Constitución de los Estados Unidos. En esta primera enmienda se prohíbe al legislador que adopte cualquier medida que, en definitiva, coarte la  libertad de pensamiento, en cuyo ámbito se reconoce expresamente la libertad de prensa.

Es muy significativo que el Bill of rights de la constitución norteamericana se abra con la garantía de las libertades de conciencia, expresión e información. El Congreso tenía plena conciencia de que una prensa libre constituye la piedra angular del estado democrático. Tomas Jefferson, años antes, ya había defendió que la esencia del Gobierno americano debía ser una opinión pública libre y lo expresaba de un modo categórico al decir que si le dieran a escoger un país con gobierno, pero sin prensa y otro con prensa, pero sin gobierno, escogería este último.

Estados unidos se convirtió así en un modelo de reconocimiento avanzado de la libertad de prensa. Un modelo que apuntala posteriormente la famosa sentencia del juez Brandeis en el caso Whitney contra California. En esa Sentencia se afirma que un país libre es el que posee libertad de conciencia y libertad para decir lo que piensa. Estas libertades son, señala el juez Brandeis, un medio indispensable para descubrir y difundir las verdades políticas. El coste de oportunidad de no garantizar esa libertad resulta evidente para el juez: pueblo inerte en el que no puede existir la libertad.

El mencionado razonamiento convierte a la libertad de expresión y sus corolarios en la libertad más preciada (prefered freedoom) de los Estados Unidos.

 Estas afirmaciones, posteriormente completadas por otros fallos, entre los que pueden citarse por su relevancia, los del juez Holmes en 1919, referido a los límites de la libertad de expresión o el del juez Black, en el que se reitera la consideración de esta libertad como el corazón de un gobierno democrático, han resultado esenciales para la historia y desarrollo de la democracia.

 Casos muy conocidos como el Watergate, en el que dos periodistas descubren una compleja trama de espionaje que finalmente provoca la dimisión del Presidente Nixon, o el conocido asunto de los “papeles del Pentágono” (Pentagon Papers), en el que el New York Times sacó a la luz actuaciones irregulares de distintas administraciones  antes y durante la guerra del Vietnam, acreditan el enorme valor que la sociedad norteamericana otorga a la  prensa libre.

 Europa acogió también estos postulados, aunque inicialmente lo hizo con mayores prevenciones (la llamada prevención constitucional). La doctrina ha destacado la desconfianza original hacia las libertades de expresión de las primeras constituciones y legislaciones europeas. Una libertad que, en efecto, se reconocía y promulgaba, aunque enseguida era sometida a un elenco expresamente desatado de limitaciones (generalmente justificadas en la defensa del honor y el orden público).

Sin embargo, muy pronto esos límites comenzaron a ser interpretados por los tribunales constitucionales de un modo muy restrictivo, dando lugar una jurisprudencia, a un reconocimiento de la libertad de prensa, sumamente generoso, equiparable al que funcionaba, como hemos señalado, en el modelo norteamericano.

Un buen ejemplo de ello puede ser la doctrina del tribunal constitucional español, para quien, la libertad de información, el derecho a expresar y recibir información veraz, noticiable y contrastada es una garantía del pluralismo político y por tanto del sistema democrático. Una garantía que además debe estar dotada de fuerza expansiva frente a otros derechos también fundamentales.

La plasmación de esta relevancia ha sido realizada de forma muy significativa, dada  su especialización en materia de derechos y libertades individuales, por la Corte europea de derechos Humanos. Para la corte la prensa posee la función esencial de ser el vigilante, el guardián de la democracia, corroborando así el papel que muchos atribuyen a la prensa de un verdadero “cuarto poder” de los estados democráticos. Esta función de vigilancia, a juzgar por lo que la actualidad informativa nos muestra a diario, está hoy en plena forma. Nunca antes ha tenido el poder político que ser tan cuidadoso en su gestión, rendir tantas cuentas y dar tantas explicaciones a la ciudadanía. Detrás de cada puerta, puede decirse, acecha un periodista. Hans Christian Andersen lo dijo de un modo más contundente: “la prensa es la artillería de la libertad”.

Sin embargo,  todos lo conocemos, no es tarea fácil disfrutar de esta libertad. Su conquista costó siglos a la humanidad y aún hoy en día en muchos lugares del mundo la censura e incluso la amenaza al libre tráfico de ideas es la regla imperante. Las organizaciones de derechos humanos denuncian que el oficio de periodista continúa siendo peligroso en numerosos países. Y no siempre la coacción proviene del poder público. En México, por ejemplo, son las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas las que están consiguiendo acallar las voces de los diarios independientes que investigan e informan sobre las tropelías de los llamados “narcos”.

 Joseph Pulitzer dijo quelas naciones prosperan o decaen simultáneamente con su prensa”.

 En su reciente ensayo –“Por qué fracasan los países”-- los profesores del MIT Acemouglu y Robinson conforman la visión de Pulitzer. Afirman que el progreso tiende a cobijarse en sociedades que ellos han denominado “inclusivas”, esto es, en aquellos países en los que los ciudadanos pueden elegir, desde su modelo de vida, su trabajo, su formación, hasta sus representantes e instituciones. Dentro de ese concepto de “inclusión” y libertad de elección y acción se encuentra lógicamente, ocupando un lugar esencial, la libertad de información.

 Se trata, en definitiva, de permitir y garantizar la creación y existencia de comunidades de ideas. Nuestras sociedades libres se fundan precisamente en eso, en que están sustentadas por una comunidades de ideas, de pensamientos, de creencias. El intercambio de todo ello nos permite perfilar opciones políticas; analizar las existentes; revelar los fallos y los aciertos de los gobiernos; permitir su recambio mediante herramientas competitivas conforme a las cuales la gente decide que es lo que considera mejor o peor.

 Este es el significado que late bajo la mención de este premio “primera enmienda” que hoy entregamos y que quiere distinguir a aquellos que han destacado en su defensa y promoción de la libre información y del pluralismo de ideas como sostén principal de una sociedad democrática.

 Pues bien, los fellows españoles, tras considerar un buen número de candidatos y de brillantes méritos, hemos acordado conceder el premio Primera Enmienda en  su primera edición, al periodista y editor Pedro J. Ramírez.

 Pedro J. Ramírez es sinónimo de periodismo comprometido y, acudiendo a la imagen creada por la Corte Europea de Derechos Humanos, de un periodismo vigilante del poder.

 Pedro J. ha noticiado, informado y opinado sobre la realidad pública española desde hace ya tres décadas, lo que le convierte, a él y a su periódico, El Mundo, en una fuente de información insoslayable.

 Nuestro premio “Primera Enmienda”, como muchos conocéis, posee una dilatada y conocida actividad profesional que ha dado lugar a verdaderos hitos informativos –en la línea del Watergate o Pentagon Papers  a los que antes me he referido-- de esos que con capacidad para tumbar gobiernos o, al menos, para forzar que aquellos den explicaciones a los ciudadanos o cambien de rumbo. También ha destapado numerosos casos de corrupción, uno de los principales males de cualquier sociedad.

 Pedro J. plasma semanalmente su instinto; sus amplios conocimientos y su capacidad de análisis en las cartas que publica todos los domingos en el diario El Mundo. Esta correspondencia con la opinión pública sólo la pueden llevar a cabo de un modo tan inteligente y los profesionales de la información curtidos y con capacidad de destacar la amplia gama de matices bajo los que muchas veces se muestra la vida política y social.

Pero últimamente ha salido al encuentro del futuro utilizando las nuevas tecnologías para los viejos fines del periodismo de una forma nueva, en constante diálogo con sus lectores que se han convertido en sus más de 170.000 followers en Twitter. Con un Klout de 73 puntos Pedro J. ha trasladado con éxito su influencia a la opinión pública digital, donde sigue defendiendo la libertad de expresión y la libertad de prensa frente a las hordas de los trolls y los guardianes de lo políticamente correcto.

 Por todo ello, merece ser, sin duda alguna, el primer destinatario de este premio “primera enmienda” que hoy le entregamos.  

 Enhorabuena, Pedro, y muchas gracias por tu gran labor.

 

 

 
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